Dialogo entre la Moda y la Muerte, de Giacomo Leopardi, 1824
Sábado, septiembre 1st, 2012Casi 200 años de antigüedad y este texto sigue tan vigente. No dejen de leerlo.
Moda: Madama Muerte, madama Muerte.
Muerte: Espera que sea la hora, y vendré sin que tú me llames.
Moda: Madama Muerte.
Muerte: Vete al diablo. Vendré cuando tú no querrás.
Moda: Como si yo no fuese inmortal.
Muerte: ¿Inmortal? Hace ya mas de mil años que se han terminado los tiempos de los inmortales.
Moda: ¿También Madama petrarquea como si fuese un lírico italiano del Quinientos o del Ochocientos?
Muerte: Me son queridas las rimas de petrarca, porque encuentro en ellas mi Triunfo, y porque hablan de mí en casi todas partes. Pero, en resumidas cuentas, quítateme de encima.
Moda: Vamos, por el amor que tienes a los siete vicios capitales, párate más o menos, y mírame.
Muerte: Te miro.
Moda: ¿No me conoces?
Muerte: Tendrías que saber que tengo mala vista, y que no puedo usar gafas, porque los ingleses no las hacen que me sirvan, y si las hiciesen, yo no tendría donde colocármelas.
Moda: Yo soy la Moda, tu hermana.
Muerte: ¿Mi hermana?
Moda: Sí ¿No recuerdas que las dos somos hijas de la Caducidad?
Muerte: ¿Qué tengo que recordar yo, que soy enemiga capital de la memoria?
Moda: Pero yo me acuerdo bien: y sé que una y otra tendemos de modo similar a deshacer y a transformar continuamente las cosas de este mundo, aunque tú vayas a este efecto por un camino y yo por otro.
Muerte: En caso de que no hables con tu pensamiento o con alguien que lleves dentro de la garganta , levanta más la voz y pronuncia mejor las palabras; que si me vas barbotando entre dientes con esa vocecilla de telaraña, te oiré mañana, porque el oído, por si no lo sabías, no me sirve mejor que la vista.
Moda: Aunque sea contrario a la buena educación, y en Francia no se acostumbre hablar para ser oído, también porque somos hermanas, y entre nosotras nos podemos comportar sin demasiados respetos, hablaré como tú quieres. Digo que nuestra naturaleza y costumbre común es renovar continuamente el mundo, pero tú desde el principio te lanzaste a las personas y a la sangre; yo me contento casi siempre con las barbas, los cabellos, los vestidos, los muebles, los palacios y cosas tales. Bien es verdad que yo no dejo de hacer, sin embargo, no estoy falta de muchos trucos que se pueden comparar a los tuyos, como verbigracia agujerar ora orejas, ora labios y narices, y rasgarlos con las bagatelas que en ellos yo cuelgo de los agujeros; chamuscar las carnes de los hombres con impresiones candentes que yo hago que se graben por belleza; deformar las cabezas de los niños con fajaduras y demás ingenios, poniendo por costumbre que todos los hombres del país tengan que llevar la cabeza de igual forma, como eh hecho en América y Asia; lisiar a la gente con calzados angostos, cortarle el aliento y hacer que los ojos le revienten por la estreches de los corpiños; y cien otras cosas de ese tipo. Generalmente hablando, más bien yo persuado y constriño a todos los hombres bien educados a soportar cada día mil fatigas y mil incomodidades, y a menudo dolores y amarguras, y alguno a morir gloriosamente, por el amor que me tienen. Y no quiero decir nada de los dolores de cabeza, de los resfriados, de las fluxiones de toda clase, de las fiebres cotidianas, tercianas, cuartanas, que los hombres se ganan por obedecerme, consintiendo en temblar de frío o ahogarse de calor según yo quiero, cubrirse las espaldas con los paños de lana y el pecho con los de tela, y hacerlo todo a mi gusto aunque sea en su daño.
Muerte: En conclusión, te creo que me seas hermana y, si quieres, lo tengo por más cierto que la muerte, sin que me enseñes el certificado de nacimiento. Pero estando así parada me desmayo, por consiguiente, si tienes ánimos para correr a mi lado, procura no reventar, porque yo huyo mucho, y corriendo me podrás decir lo que necesitas; si no, en consideración a la familia, te prometo, cuando muera, dejarte toda mi ropa y quédate en buena hora.
Moda: Si tuviésemos que correr juntas el palio, no sé cuál de las dos vencería en la prueba, porque si tú corres yo voy más que al galope; y estar quieta, si a ti te hace desmayar, a mi me hace consumir. Con que volvamos a correr, y corriendo, como dices, hablaremos de nuestros casos.
Muerte: Sea en buena hora. Por lo tanto, ya que tú has nacido del cuerpo de mi madre, sería conveniente que me ayudes de alguna manera a realizar mis faenas.
Moda: Lo eh hecho ya, anteriormente, más de lo que crees.
Primeramente, yo que anulo o trastorno de continuo todas las demás costumbres, no eh dejado de interrumpir nunca en ninguna parte la práctica de morir, y por esto ves que ésta dura universalmente hasta hoy desde el principio del mundo.
Muerte: ¡Gran milagro, que tú no hayas hecho lo que no has podido!
Moda: ¿Cómo, que no eh podido? Demuestras no conocer el poder de la Moda.
Muerte: Muy bien: de eso tendremos tiempo de hablar cuando llegue la costumbre de que no se muera. Pero entre tanto quisiera que tú, como buena hermana, me ayudes a obtener lo contrario mas fácil y más rápido de como lo eh hecho hasta ahora.
Moda: Ya te eh contado algunas de mis obras que te hacen mucho provecho. Pero son bromas en comparación de las que quiero decirte. Un poco en cada ocasión, pero mucho más en estos últimos tiempos, he hecho caer en desuso y en olvido las fatigas y los ejercicios que ayudan al bienestar corporal, y eh introducido o llevado a la fama otros de gran meritó, innumerables, que abaten el cuerpo de mil maneras y acortan la vida. Además de esto, eh puesto en el mundo tales leyes y tales costumbres, que la vida misma, tanto respecto al cuerpo como al alma, está más muerta que viva, ; tanto, que este siglo se puede decir en verdad que es propiamente el siglo de la Muerte. Y mientras antes tú no tenias otras posesiones que fosas y cavernas, donde esparcías osamentas y polvo en la oscuridad, que son semillas que no fructifican, ahora tienes terrenos al sol; y gentes que se mueven y que pasean con sus pies; son mercancía, se puede decir, de tu libre competencia aunque tú no lo hayas cosechado aun, más bien, tan pronto como nacen. Además, donde antes solías ser odiada y vituperada, hoy por obra mía las cosas han llegado al extremo de que cualquiera que tenga intelecto te precia y loa, anteponiendoté a la vida, y te ama tanto que siempre te llama y te vuele los ojos como su mayor esperanza. Finalmente, porque veía que muchos se habían vanagloriado de quererse hacer inmortales, o sea no morir del todo, y puesto que una buena parte de ellos no te habría caído entre las manos, yo, aunque supiese que eso eran tonterías, y que cuando esos u otros viviesen en la memoria de los hombres, vivirían, como si dijésemos, de burla, y no gozarían de su fama más que si sufriesen la humedad de la sepultura, de todos modos entendiendo que este negocio de los inmortales te perjudicaba, porque parecía que te mermase el honor y la reputación, eh hecho desaparecer esta costumbre de buscar la inmortalidad, y además la de concederla en caso de que verdaderamente alguno la mereciese. De manera que en el presente, de cualquiera que se muera, estáte segura que no queda ni un pedacito que no éste muerto, y de que le conviene ir rápido bajo tierra todo entero, como un pescadito que fuese tragado de un bocado con toda la cabeza y espinas. Estas cosas, que no son pocas ni pequeñas, tengo hechas hasta ahora por amor a ti, queriendo acrecentar tu poder en la tierra, como ha sucedido. Y a este efecto estoy dispuesta a hacer cada día otro y más; con esta intención te eh ido buscando, y me parece a propósito que nosotras en adelante no nos dejemos del lado la una de la otra, porque estando siempre en compañía podremos decidir juntas según los casos, y tomar mejores partidos que de otro modo, como también llevarlos mejor a cabo.
Muerte: Dices verdad, y así quiero que lo hagamos.














